Las subjetividades hoy: arrancadas del suelo, tienen el don de la ubicuidad. Fluctúan al sabor de las conexiones mutables del deseo con flujos de todos los lugares y todos los tiempos que transitan simultáneos por las ondas electrónicas. Filtro singular y fluido de este inmenso océano también fluido. Sin nombre o domicilio fijo, sin identidad: modulaciones metamorfoseantes en un proceso sin fin que se administra dÃa a dÃa, incansablemente.
El extrañamiento se adueña de la escena, imposible domesticarlo: desestabilizados, desacomodados, desamparados, desorientados, perdidos en el tiempo y en el espacio es como si todos fuésemos homeless, sin casa. No sin la casa concreta (grado cero de sobrevivencia en el que se encuentra un contingente cada vez mayor de humanos) sino sin el “en casa†de un sentimiento de sÃ, osea, sin una consistencia subjetiva palpable, sin la familiaridad de ciertas relaciones con el mundo, de ciertos modos de ser, de ciertos sentidos compartidos, de una cierta creencia. De esta casa invisible, pero no menos real, carece toda la humanidad globalizada.
Voces en todas las lenguas, de todos los rincones de la tierra, de todos los especialistas y, también, de los no especialistas se entreveran en una conversación infinita, entre afligida y excitada, alrededor de una misma pregunta: ¿nos hemos vuelto todos homeless, de hecho? ¿Se disolvió la casa subjetiva, se desmoronó, desapareció? ¿Dónde está la identidad? ¿Cómo recomponer una identidad en este mundo en el que los territorios nacionales, culturales, étnicos, religiosos, sociales, sexuales perdieron su aura de verdad, se desnaturalizaron irreversiblemente, se mezclan de todas las formas posibles, fluctúan o dejan de existir? ¿Cómo reconstituir un territorio en este mundo movedizo?
-Suely Rolnik, Más allá del principio de identidad. La vacuna antropofágica-
(Gracias ChofirÃn)